22 de julio de 2013

"Porque te quiero"

He escrito sobre muchas cosas. He escrito sobre personas a las que quiero muchísimo: mi mejor amigo, mi padre... pero hay un tipo de amor que no soy capaz de expresar con palabras, de hecho, existe muy poca gente que pueda hacerlo.

Solo sé que le quiero. No se puede pedir explicaciones a un amor tan intenso. En este sentimiento influyen muchísimas cosas, todo lo que me hace quererle como le quiero, pero aún no he encontrado cuál es la determinante.

No es por el enorme deseo sexual que siento hacia él, ya que lo sentía antes de darme cuenta de que le quiero. No creo que me enamorara lo bien que escribe porque de eso me di cuenta mucho antes de lo del deseo sexual. No me enamoró que estudiara filosofía porque le querría aunque estudiara para ser profe de mates. No es porque me corrija las faltas de ortografía, ya que mi profesor de lengua también lo hace y podría decir mil cosas de él, pero ninguna con amor. Tal vez la que más se acerque es que me ayudara a volver a ser feliz después de una temporada malísima, pero hubo gente que también me ayudó y no estoy enamorada de ellos.

Solo sé que le quiero. Sin embargo, no voy a quedarme de brazos cruzados y, aunque "Te quiero" sean las únicas palabras que me salgan para expresárselo, se lo voy a demostrar de todas las maneras que pueda.

Aunque me duela el cuello por la postura en la que me abraza, no me separaré de él hasta que se duerma y me soltaré haciendo sigilosamente la croqueta para no despertarle.
Le voy a explicar todo lo que quiera, aunque luego me diga "Has puesto tu boca de explicar".
No solo no me enfadaré cuando me gane a la play, sino que le llenaré de besitos cuando lo haga.
Evitaré a toda costa que mis padres lo lleven a la playa, y si lo hacen, me lo llevaré a algún rincón secreto para compensárselo con mimos.
Aunque mi hermano se queje de lo empalagosos que somos, haré oídos sordos y le seguiré besando.
Soportaré a familiares diciéndome "Oyoyoy, nuestra Aju se ha hecho mayor".
Comeré paella todos los días si es necesario.
Dejaré que llame Melo a nuestro gato.
Si no nos dejan dormir en la misma habitación, me escaparé todas las noches a su cama.
Le miraré siempre con cara de boba.
No me enfadaré cuando me ensucie las gafas con la nariz.
Pondré su cabeza entre mis tetas cuando esté triste.
Le dejaré tener un amante siempre y cuando sea Rober y me envíen fotos de sus encuentros.
Le llamaré "tortita" delante de mis amigos.
Escribiré todas las entradas cursis que haga falta.

No voy a seguir con esta lista porque (aparte de que muchos de los puntos que quiero añadir no los puedo decir en público), haría cualquier cosa por él y nada de lo que haga o escriba va a poder demostrar lo que siento por él, pero no me importa por una razón: él ya lo sabe.

5 de junio de 2013

Nocturnos

Todos hemos soñado alguna vez con la noche pelirroja, y quien no lo haya hecho, no merece encontrarla.

Los que más sufrimos por su ausencia somos las criaturas nocturnas, los que para suplir a la noche pelirroja necesitamos vivir todas las noches. Aunque sean noches mediocres, incluso vacías, los de nuestra especie despreciamos a los que no son capaces de entender por qué nos acostamos siempre tarde aunque al día siguiente tengamos que madrugar o a qué se deben nuestras ojeras permanentes. Muchas veces ni siquiera nos molestamos en explicar lo que nos pasa, nos limitamos a decir “He dormido mal” para no confesar que nuestro problema es mucho más grave: estamos enamorados de la noche.

Hay quien lo confunde con el insomnio. Los síntomas son similares: vivimos en una lucha constante contra nuestros párpados, somos adictos al café y a otros estimulantes que poco a poco van destrozando nuestro estómago y nuestro sistema nervioso,  “todo parece la copia de una copia de otra copia”. No, no padecemos insomnio, nuestra enfermedad es mucho más grave: tenemos sueño, pero no queremos dormir. No podemos evitarlo porque estamos en un estado de emergencia, locamente enamorados de alguien que no nos corresponde, tal vez porque ni siquiera lo hemos intentado. La noche pelirroja nos parece algo tan idílico, tan utópico, que nos limitamos a soñar con ella y a ahogar un poco nuestro deseo en noches mediocres, taciturnas. Noches acompañadas de un libro enfocado por una linterna. Noches simplemente mirando la acogedora oscuridad del cielo. Noches garabateando en papeles sucios que luego perderemos. Noches nostálgicas, echando de menos a alguien, intentando imaginar que el cigarro que apoyamos en nuestra boca puede servir como sustituto de sus labios (¡como si existiera algo que pudiera sustituir a sus labios!).

Porque otro de los problemas de nuestras enfermedad es que los nocturnos no podemos tener amantes normales. No entenderían nuestro aire ausente durante el día. Les molestaría que no les dejásemos dormir solo porque nos apetece cantarles una canción o preguntarles todos los detalles sobre su primer beso. Se asustarían cuando se despertaran en mitad de la noche y nos descubrieran observándoles atentos, curiosos, encandilados. Les volvería locos nuestra doble personalidad y los cambios que experimentamos entre nuestro propio yo diurno y el nocturno.
Por desgracia, los nocturnos no abundamos y cuando nos enamoramos, siempre lo hacemos de alguien a quien no podemos tener, porque no nos corresponde o porque hay alguna traba que impide que podamos ver el amanecer juntos. Es entonces nuestras noches pasan de mediocres a tristes, ya sea escribiendo versos a alguien que nunca los leerá y leyendo a Neruda o teniendo conversaciones telefónicas que duran horas y durante las cuales hay momentos en los que no puedes reprimir las lágrimas.

Somos extraños y lo sabemos. Sin embargo no siempre somos fáciles de identificar. Reconocemos que no somos como los demás e intentamos pasar desapercibidos. Por desgracia, tratar con los no-nocturnos no es algo que se nos dé demasiado bien, así que no nos damos cuenta de que con nuestra personalidad introvertida muchas veces solo despertamos la curiosidad de los demás y algunos llegan a darse cuenta de que detrás de esa media sonrisa tímida y esa mirada cautelosa se esconde una persona enferma de amor por algo que ni siquiera tenemos la certeza de que exista.


Amamos la noche y los no-nocturnos no lo entienden. Tal vez, si nosotros les entendiéramos a ellos, nos preocuparía este hecho, pero estamos demasiado ocupados intentando tintar de un leve rojo nuestras noches. Y no nos importa que no nos entiendan, porque la explosión mental que experimentaremos cuando lo consigamos, esa sensación, ninguno de los diurnos la podrá entender nunca.

7 de febrero de 2013

Inserte título aquí. O no.

Estoy perdida, no veo un futuro. "Cosas de la edad", dicen algunos. "Cosas de esta época" dicen otros. Pero yo sigo perdida mientras veo que el resto de la gente tiene un lugar en el mundo. Sí, esos hijos de puta que te hacen preguntas que te duelen, porque la respuesta duele y tú no puedes soltarla por miedo a que les duela a los demás.


-¿Cómo va el instituto? 
-Odio el instituto, lo que se supone que me están enseñando, los profesores sin ganas y los compañeros que solo piensan en irse a la discoteca el sábado.


-¿Qué proyectos tienes? 
-Ninguno, no tengo ni puta idea de qué hacer con mi vida, no hay nada que me motive lo suficiente como para luchar por ello.


-¿Cómo te va con el novio? 
-Mira, gilipollas, sabes perfectamente que no tengo novio, así que no sé por qué me lo preguntas. Ni lo tengo ahora ni lo tendré en un futuro próximo porque estoy rota por dentro y aún estoy curándome.

Y me molesta no poder expresarlo, ya sea por miedo a cómo pueda afectar eso en los demás (es lo que más suele darse) o porque no sepa explicar cómo me siento. Estoy deprimida, sí, pero ¿por qué?

En una ocasión en la que no lograba aclarar mis sentimientos, alguien me dijo: "No sabes lo que es porque no te has encontrado con ello nunca. Con el tiempo, con la experiencia, lo sentirás más a menudo y entonces sabrás darle un nombre."

Pero hay cosas que no deberían tener nombre, ¿para qué? Según Wittgenstein, tenemos que asumir que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo, pero hay cosas que no deberían ser descritas ni con el lenguaje. Cosas devastadoras como darse cuenta que la persona a la que amas ya no te quiere como antes o cosas maravillosas, como provocarle un orgasmo a alguien.

Las cosas por las que vivimos, las que nos hacen sentir que estamos vivos y las que nos hacen ser como somos. Esas cosas no necesitan un nombre porque sería inutil, ya que son las únicas que hay que vivir para llegar a comprenderlas.

21 de enero de 2013

No soy una niña de papá

Quiero escribir sobre alguien que siempre me dice "Cuidado con lo que pones por Internet" o "Ni si te ocurra colgar una foto mía, que a saber quién la ve" o "No te fíes de la gente de Internet". Y la verdad, tiene razón, no debería fiarme de la gente de Internet, pero de la de fuera tampoco. 

Es una de las personas a las que más quiero en este mundo aunque siempre acabemos discutiendo porque los dos somos unos cabezotas. Es un tipo duro, solo lo he visto llorar una vez y fue porque me hizo llorar a mí. Creo que ese fue el día en que me di cuenta de que mi padre también se sentía tan inseguro como yo.

Quiero agradecerle todo lo que me ha enseñado. Que reírte de algo no significa faltarle al respeto. Que si algo no funciona, lo apague y lo reinicie. Que aprecie a mis padres porque algún día se irán. Que "El amor és una bajoqueta" (El amor es una judía verde). Que la familia es lo más grande que tengo. Que estudie porque puedo. Que estime la meua llengua. Que si soy una roja iré al infierno pero que por lo menos le haré compañía. Que ser atea no significa no respetar las creencias de los demás. Que aunque vea a una persona inalcanzable y crea que nunca querrá nada conmigo, puedo acabar casándome con ella. Que el respeto es lo más importante en una relación. Que el amor verdadero existe. Que a veces hay que tragarse procesiones y conciertos para hacer feliz a quien quieres. Que disfrute de la fiesta.

También quiero darle las gracias por darme todo lo que siempre he necesitado sin malcriarme. Gracias por mis ojos y por mi pelo. Por su amor por los Beatles. Por estar dispuesto a cortarle los huevos a cualquier gilipollas que intente hacerme daño. Por decirme lo guapa que estoy. Porque es el único hombre que va a quererme para siempre, pase lo que pase. Por decirme "¿PERO QUÉ LLEVAS PUESTO?" pero nunca pedirme que me cambie. Por estar orgulloso de mí

Gracias porque no soy una niña de papá, pero él me quiere igualmente.

9 de diciembre de 2012

Las relaciones son como los chicles

Puede parecer una comparación absurda y rebuscada, pero la verdad es que encaja a la perfección.

Cuando empiezas a masticar un chicle sientes una explosión de sabor, que dependiendo del chicle puede ser más o menos intensa. Piensas que esa sensación no se va a acabar nunca y masticas, masticas con tanto énfasis que te llega a doler la mandíbula o te muerdes a ti mismo.

Sin embargo, llega un momento en el que el chicle pierde el sabor y no quieres tirarlo. Tal vez porque te entretiene. Tal vez porque guardas la esperanza de que vuelva un atisbo de lo que antaño fue. Tal vez por pena. Tal vez porque no sabes dónde echarlo. Tal vez por miedo a no tener otro chicle. Pero sea como sea, sigues masticando sin ganas.

En ese momento tienes que tomar una decisión. Puedes seguir masticando el chicle sin sabor, haciendo polvo tu mandíbula y mordiéndote. O puedes tirar ese chicle. Una vez lo hagas puedes seguir sin chicle o buscar otro.

Es una decisión difícil, pero si no la tomas tú, la vida la tomará por ti. Y, sabedlo: la vida es una gran hija de puta.

2 de diciembre de 2012

I lol you

Quiero escribir sobre alguien que, sinceramente, os importará una mierda, pero es una de las personas más importantes en mi vida, por no decir la que más, y por eso voy a escribir sobre él, aunque no lo vaya a leer porque me prometí que este blog no lo conocería nadie de mi vida "1.0". Sin embargo, estoy segura de que antes o después lo descubrirá, por algo es quien es, y, sinceramente, me da igual. Porque es la única persona que no se sorprendería de esta faceta mía.

Todos necesitamos un punto de apoyo. En la mayoría de las adolescentes, tras crecer, este punto pasa de ser su madre a su mejor amiga del alma a la que se lo cuentan todo y con la que comparten todo. Pero yo no. No tengo ninguna amiga en la que confíe plenamente ni la necesito, simplemente, porque tengo un amigo. Solo uno. A decir verdad, tengo más amigos, e incluso amigas, pero en todos los ámbitos siempre hay alguien que destaca y en este, destaca él.

No es un amigo convencional, nunca lo ha sido. 
Desde que vino al colegio siempre me había caído bien, pero en esos momentos lo achaqué a que él era guapo. No os equivoquéis, yo no le quería por ser guapo, más bien al contrario: todos mis amigos eran guapos porque, hartos de que todas las niñas de la clase estuvieran enamorados de ellos, se refugiaban en mí, que los veía simplemente como un amigo y que constituía un aliado en la línea femenina (ya era triste desde pequeña).
En sexto de primaria, nuestra tutora inició una actividad que duraría todo el curso: asignarnos a un compañero que debía ser nuestro amigo durante ese periodo. Yo protesté porque no nos podía obligar a establecer una amistad con alguien al azar, pero, contra todo pronóstico, lo consiguió. Se convirtió en mi mejor amigo en un tiempo récord. Fue inevitable.

Es inevitable querer a alguien que te protege de cualquiera que se meta contigo. 
Es inevitable querer a alguien que te lo ha contado todo y al que se lo has contado todo.
Es inevitable querer a alguien con quien descubres el sexo (no penséis mal, pero a esa edad ambos teníamos muchas preguntas sobre el sexo opuesto).
Es inevitable querer a alguien que tiene tu mismo sentido del humor.
Es inevitable querer a alguien con quien maquinas planes para cambiar el mundo, aunque sepas que nunca se llevarán a cabo.
Es inevitable querer a alguien con quien puedes pasar horas y horas y no sentirte incómoda ni aburrida.
Es inevitable querer a alguien que incluso se bajaría los pantalones delante de un grupo de gente con tal de hacerte reír.
Es inevitable querer a alguien a quien todas las zorras con las que ha salido le han dejado por ser demasiado buena persona.
Es inevitable querer a alguien que no te hace pensar "Me gustaría tener un amigo gay".
Es inevitable querer a alguien que desobedecería a su padre, se escaparía de casa y cruzaría el pueblo inundado mientras diluvia en solo 5 minutos para ayudarte a sacar el agua que ha entrado en tu casa.
Es inevitable querer a alguien que te hace sentir que eres importante, inteligente, guapa, aunque solo sea para él.
Es inevitable querer a alguien al que le cuentas las cosas que no le puedes contar a nadie más.
Es inevitable querer a alguien que confía tan ciegamente en ti.
Es inevitable querer a alguien que es más importante para ti que tu familia.
Es inevitable querer a alguien que solo se enfada contigo cuando haces algo que te perjudica a ti misma.
Es inevitable querer a la única persona que nunca te va a dejar.

No es un amigo convencional, nunca lo ha sido. La gente no entiende nuestra relación y, aunque lo hayamos negado miles de veces, profesores, vecinas, familiares y amigos aún creen que somos pareja. Pero no me molesta porque al fin y al cabo somos como un matrimonio. Nos queremos, le digo que es un vago, vemos la tele juntos, vamos a comprar juntos, me pide sexo y yo me niego.

Así que los que dicen que un tío y una tía no pueden ser amigos, es porque no tienen un amigo como él.

8 de noviembre de 2012

Papel

Antes que nada, quiero decir que me siento especialmente orgullosa de este texto. No porque de verdad crea que es bueno, ni porque haya invertido un gran trabajo en ello, sino porque, por alguna extraña razón, a los miembros del Consejo Valenciano de Cultura les gustó. Tenían más de 700 relatos entre los que escoger y decidieron darle el segundo premio a lo que yo había escrito. Incluso me avergüenza admitir que lo hice a las 2 de la madrugada para entregárselo el día siguiente a mi profesora de lengua, que prácticamente me obligó a presentarlo al concurso  En fin, a lo que iba. Ya que esto lo ha leído prácticamente todo el mundo, creo que vosotros, los que me leéis de normal, también tenéis derecho a hacerlo.

Me exalté al notar movimiento, luz y aire nuevo. Había permanecido mucho tiempo encerrado junto a mis compañeros, que se mostraban igual de silenciosos que yo, y ahora parecía que por fin íbamos a salir. Hacía bastante tiempo, tanto que esos recuerdos habían pasado a parecer más ajenos que propios, vivía en un bosque, hasta que un día vinieron hombres con máquinas horribles. Cortaron cruelmente y sin ningún tipo de compasión las raíces que me ataban al sitio en el que había crecido y vivido durante tanto tiempo que ni lo recordaba y me llevaron a un sitio horrible, en el que, tras un doloroso y humillante proceso de transformación, me convirtieron en lo que soy ahora y me encerraron en este lugar con otros como yo. Noté cómo los compañeros que estaban debajo de mí se movían tirados por algo y caímos un grupo al suelo. La sensación de volar, de flotar en el aire mientras me precipitaba ligeramente y con gracia hacia abajo, se me antojó mágica después de haber permanecido tanto tiempo encerrado. Una mano revoloteó sobre nosotros y escogió uno al azar, sin ni siquiera mirarnos. La joven que nos había sacado de esa prisión accidentalmente, me llevó con ella y me colocó encima de un escritorio.
Apoyó un bolígrafo sobre mí y lo deslizó con suavidad para escribir con letras grandes al principio de la página “El Reciclaje”. Era agradable sentir la tinta recorrer la superficie lisa, interrumpiéndose a cada trazo. Escribió algunas palabras sueltas, ideas sin conexión entre sí y se detuvo. La chica empezó a tamborilear en la mesa con los dedos, con aire pensativo, mirándome con un poco de desprecio. Acto seguido, me cogió entre sus manos y empezó a doblar mis puntas con expresión ausente, torturándome, retorciéndome entre sus dedos sin alterar el gesto. Pronto paró, pero me dejó arrugado como un pergamino, desplegándome lentamente, intentando regresar a mi inmaculada forma original sin éxito alguno.
De pronto, los ojos de la chica se iluminaron como si la ilustrativa bombilla que suele representar la aparición de una idea se hubiera encendido en su mente. Alcanzó un estuche al borde de la explosión por aforo máximo de productos de papelería y lo abrió, desparramando un arco iris sobre el escritorio. Con un rotulador oscuro y grueso me dividió en diversas viñetas, vacíos espacios en blanco y se sumió en el diseño de figuras creadas con torpes trazos. Se equivocaba frecuentemente, pero no me disgustaban las cosquillas que me producía la goma frotándose contra mí ni los soplidos y caricias suaves de la chica que me quitaban las virutas restantes. Después de un corto lapso de tiempo me había convertido en la página de un cómic algo arrugado. En mis viñetas aparecían burdos dibujos de contenedores de reciclaje con atributos humanos como boca, ojos o brazos. Cada uno estaba caracterizado de una manera: el contenedor rojo interpretaba el personaje de “chico malo” porque a él iban los productos más perjudiciales (pilas, insecticidas, teléfonos, aceite, jeringas…); el de vidrio era fácilmente identificable como un alcohólico por las abundantes botellas a su alrededor y su mirada perdida; el de material orgánico era repudiado por su fuerte y desagradable olor y el azul, al que esperaba llegar yo algún día, agradecía que muchas revistas, como la Súper Pop, ahora se publicaran de manera exclusivamente virtual, ya que así no tenía que tragárselas (literalmente).
Me sentía bastante satisfecho por haberme convertido en algo así, después de mucho tiempo empezaba a considerarme útil e único. Lamentablemente, eso no duró demasiado. La chica murmuró:
-       No sé cómo presentar esto sin que parezca escrito por un niño de diez años…
Acto seguido, me cogió entre sus manos y, ante mi espanto, me convirtió en una bola arrugada presionando sus palmas entre sí, para luego lanzarme al otro lado de la habitación intentando hacer canasta en un pequeño cubo. Por desgracia, la joven no contaba con buena puntería, así que me golpeé contra el borde y caí en el suelo al tiempo que lo hacía en el olvido, quedándome en una situación parecida a la que había estado viviendo el último período de mi existencia, a diferencia de que ahora estaba totalmente solo y deformado.
Pasé bastante tiempo allí, observando con una mezcla de horror y asombro cómo unas láminas eran terriblemente torturadas, como había sido mi caso o incluso algunos peores, y cómo otras eran tratadas de forma cuidadosa y delicada, a pesar de que procedían todas del mismo paquete del que había salido yo. Después de un lapso que me pareció interminable alguien me volvió a coger, esta vez para volverme a introducir en una bolsa con más papeles y cartones. Conjeturé que fui trasladado, pero no lo confirmé hasta que volvieron a abrir la bolsa en la que había estado encerrado. Inesperadamente, fui arrojado junto con el resto del contenido de la bolsa a un contenedor azul como el que yo mismo tenía dibujado y aterricé sobre los demás papeles y cartones.

Permanecí durante una noche más allí y me volvieron a arrojar a un camión, que me llevó a la planta de reciclaje. Por un instante, me invadió un miedo atroz al pensar en el proceso de reciclaje: la plastificación en la que me añadirían disolventes químicos para separar mis fibras; la criba en la que retirarían de mí todo lo que no fuera papel; la centrifugación en la que me separarían dependiendo de la densidad de mis componentes; la flotación en la que me añadirían burbujas de aire para eliminar la tinta, es decir, los dibujos y palabras que me hacían único; el lavado que retiraría las pequeñas partículas intrusas que pudieran quedar y, por último, el blanqueamiento en el que me tendrían que bañar con más componentes químicos de nombre aterrador.

Sentí una desolación absoluta, hasta que caí en la cuenta de algo: ¿qué pasaría si no era reciclado? Todo ese escalofriante y macabro proceso era para convertirme en un nuevo papel, pero ¿qué pasaría con las hojas que no fueran recicladas? En mi caso, hubiera sido el borrador arrugado y sucio que era ahora hasta que me hubiera deshecho hasta desaparecer totalmente.

Y en cambio, un mundo de posibilidades se abría ante mí. Podría convertirme en una página de un libro, del libro preferido de alguien, que releería miles de veces y que olería con cariño. Tal vez pasara a ser una página de un periódico que informara a la gente o un sobre que viajara para llevar noticias, en este caso más personales. Incluso podía transformarme en una caja de cartón para guardar cualquier objeto o un contrato de trabajo que ayudara a una familia. Información, imaginación, comunicación, sueños, alegría, tristeza, el bienestar de sentirse útil. Era como la reencarnación, y siempre y cuando me volvieran a reciclar, tendría vidas infinitas. Es más, no le quitaría la vida a otro árbol. Ahorraría agua, aceite, energía, no contaminaría.

En ese momento caí en la cuenta de que estaba a punto de ser introducido en el  túnel que me conduciría hasta la primera etapa de mi transformación, mi purificación. Afronté, no sin esfuerzo, el comienzo de una nueva vida. Si es que los papeles pueden tener vida.